Hace unos días, una activista decidió quitarse la vida. No por falta de amor. No por debilidad. Sino por algo que muchas veces no se nombra: el peso constante de sostener tanto… casi en soledad. Quienes estamos en el rescate lo sabemos, aunque no siempre lo decimos en voz alta. Esto no es solo alimentar, curar o proteger... Esto es cargar con historias de abandono, de dolor, de injusticia… todos los días. Es ver sufrir y no poder ayudar a todos. Es elegir a quién salvar y a quién no. Es hacer cuentas con lo que no alcanza. Es sentir que siempre falta: dinero, manos, tiempo… fuerza. La fatiga por compasión existe. Y desgasta. Porque dar tanto, durante tanto tiempo, sin descanso real, rompe por dentro. También está el estrés económico. Ese que no se apaga nunca. Ese que te acompaña mientras duermes, mientras comes, mientras intentas desconectar sin lograrlo. Porque siempre hay una deuda, un tratamiento pendiente, un animal que depende de algo que no tienes. Y está la vulnerab...