Hace unos días, una activista decidió quitarse la vida.
No por falta de amor.
No por debilidad.
Sino por algo que muchas veces no se nombra: el peso constante de sostener tanto… casi en soledad.
Quienes estamos en el rescate lo sabemos, aunque no siempre lo decimos en voz alta.
Esto no es solo alimentar, curar o proteger...
Esto es cargar con historias de abandono, de dolor, de injusticia… todos los días.
Es ver sufrir y no poder ayudar a todos.
Es elegir a quién salvar y a quién no.
Es hacer cuentas con lo que no alcanza.
Es sentir que siempre falta: dinero, manos, tiempo… fuerza.
La fatiga por compasión existe.
Y desgasta.
Porque dar tanto, durante tanto tiempo, sin descanso real, rompe por dentro.
También está el estrés económico.
Ese que no se apaga nunca.
Ese que te acompaña mientras duermes, mientras comes, mientras intentas desconectar sin lograrlo.
Porque siempre hay una deuda, un tratamiento pendiente, un animal que depende de algo que no tienes.
Y está la vulnerabilidad.
Esa que aparece cuando, además de todo, recibes críticas, juicios, acoso.
Cuando quienes no ayudan, señalan.
Cuando quienes no cargan, exigen.
Hay días en que todo pesa más.
Días en los que el cuerpo sigue, pero el alma no alcanza.
No escribo esto para generar lástima.
Lo escribo porque es real.
Porque necesitamos empezar a hablar de esto sin culpas.
Pero también he tenido que aprender algo importante:
que para seguir cuidando, también tengo que cuidarme.
A veces eso significa pedir ayuda, aunque cueste.
Aceptar que no puedo con todo sola.
Otras veces es buscar apoyo profesional, hablar, soltar lo que se va acumulando.
También he aprendido a desconectarme, aunque sea un poco.
Alejarme de las redes cuando todo pesa demasiado.
Buscar algo que me saque por un momento de esta realidad constante.
En mi caso, estudiar, enfocarme en algo distinto.
Y en las noches, cuando el día fue demasiado, ver algo ligero, algo que me haga reír, aunque sea un poco.
Respirar.
Pausar.
Recordar que también soy humana.
No siempre es suficiente.
No siempre es fácil.
Pero es necesario.
Porque sostener no debería significar romperse.
He tenido que aprender, aunque me cueste, que si yo no estoy bien…
los que dependen de mí tampoco lo estarán.
Que mi desgaste también afecta.
Que mi cansancio también se transmite.
Que mi ausencia —aunque sea emocional— también se siente.
Y eso me obliga a parar, aunque no quiera.
A cuidarme, aunque sienta culpa.
A darme un espacio, aunque ellos sigan necesitando de mí.
Porque detrás de este propósito de vida, hay una persona.
Y esa persona también necesita sostenerse para poder seguir sosteniendo.
Comentarios
Publicar un comentario